Todos tenemos le experiencia de que el mundo exterior cambia.
Frecuentemente cambia de forma incontrolada y ajena.
Hago cola en la parada del autobús. Calculo el número de personas que hay delante de mí. Comienzo a dudar si voy a tener plaza, o si tendré que esperar al siguiente autobús. Al fin veo llegar mi autobús. Todos se mueven inquietos en la cola. Cuando el autobús pasa a mi lado veo a un señor con la cara pegada al cristal de la ventanilla de socorro. El mal presagio se cumple. El autobús va llenísimo y no para.
La desesperacíón se adueña de la espera.
Algunos comienzan a desertar de la cola de espera. Yo siento el alivio de avanzar unos puestos.
En seguida surgen los inquietos, que no paran de moverse y girar la cabeza a izquierda y derecha. Los insatisfechos con el servicio, que aprovechan para acordarse de las madres de unos cuantos. Un señor incontinente afronta la espera orinando en un árbol contiguo. Una señora discute con su marido, y acaba por dejarlo plantado en la cola mientras ella coge un taxi. Dos chicas, con uniforme colegial, siguen incomunicadas con los auriculares del móvil. Hay un incondicional de la empresa de autobuses urbanos que trata de convencernos de los beneficios del transporte público.
Cuatro incrédulos de que llegue otro autobús a tiempo, abandonan la cola. Vuelvo a avanzar puestos. Pasa el tiempo. Me duelen los piés. El autobús no llega. Quizá los autobuses son insuficientes.
Algunos se sienten incómodos. Otros incomprendidos e indefensos. Hay una pareja indecisa, pero siguen besándose. Un señor con traje parece indiferente, lee el periódico. ¡Esto es incomprensible, intolerable!, grita uno, malhumorado.
Sigue sin pasar ningún autobús. El señor incontinente vuelve a orinar en el tronco del mismo árbol de antes. Dos señoras, con aspecto independiente, lo recriminan con la mirada y abandonan la cola. Avanzo otros dos puestos. No logro entender lo que me dice una señora cuando me quedo mirando a su perrito que hace cacas al lado de mis zapatos. Las dos chicas con uniforme colegial se marchan con unos amigos. El señor incontinente se sube la cremallera de la bragueta del pantalón. La pareja indecisa ha decidido seguir la fiesta en un banco de madera.
Llega una furgoneta blanca y aparca en la parada del autobús. Salen de ella dos obreros con mono de color naranja. Sin saludar arrancan el poste de la parada del autobús y lo meten a la furgoneta. No hay explicaciones. Nadie las pide. Sólo un incontrolado escupe en la acera y da una patada a la furgoneta. Me parece incierto que pase el autobús. Ahora soy el primero de la cola, y los demás comienzan a preguntarme y a pedirme explicaciones.
Me siento como un indivíduo en medio de una gran duna.
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