jueves, 14 de junio de 2018

EL CONTRATO

Aquella mañana, al despertarse, se sintió más cansado de lo habitual. Le dolía la cabeza, notó la pesadez de sus piernas que se negaban a descender hasta el suelo. Su mano temblaba al coger el móvil para intentar mirar la hora. Se alteró al comprobar que no eran las seis, como todos los días, sino las nueve. Pensó que sus alumnos de escritura estarían ya esperando a que abriese la puerta del local. Se tiró de la cama y corrió al cuarto de baño. Al verse en el espejo, no se reconoció en aquel viejo de la pesadilla que había tenido. Le seguía  temblando la mano y  con la navaja de afeitar se dio un corte considerable en su mejilla izquierda. Con una toalla blanca trató de detener la hemorragia apretándola fuertemente contra su mejilla. Todavía sangrando, se dirigió a la entrada  para abrir la puerta. Al levantar la persiana metálica se dio cuenta de que los demás locales comerciales estaban cerrados. Solo entonces recordó que era festivo, 23 de abril. El mismo día en que el nicaragüense Sergio Ramírez recibió el premio Cervantes. “Lo esencial de un escritor es encontrar la esencia de las cosas perdidas”, dijo en su discurso. A través de la puerta acristalada se sintió aliviado al no ver a sus alumnos, pero, al mismo tiempo, le incomodó la presencia del viejo que le hacía señas con las manos para que le abriese la puerta.

miércoles, 6 de junio de 2018

LA PARADA DEL AUTOBÚS URBANO

La realidad exterior es cambiante, fluye como un río, vuela como esas nubes que desaparecen rápida e inesperadamente. Las mutaciones, en ocasiones, se producen de forma incontrolada, caprichosa,  y normalmente ajena a nuestra voluntad.

Hoy llueve con intensidad y alevosía, a pesar de que la previsión meteorológica anunciaba un día soleado, propicio para ir a pié al trabajo.
Hago cola en la parada del autobús. Calculo el número de personas que hay delante de mí. Comienzo a dudar si voy a tener plaza, y cuántos minutos tendré que esperar al siguiente autobús. Al fin veo llegar mi autobús. Todos se mueven inquietos en la cola. Cuando el autobús llega a la altura de la parada  veo a un señor con la cara pegada al cristal de la ventanilla de socorro. El mal presagio se cumple. El autobús va llenísimo y no para.

Persiste la lluvia. La desesperación se adueña de la espera. Algunos comienzan a desertar de la cola. Yo siento el alivio de avanzar unos puestos.
En seguida surgen los inquietos, que no paran de moverse y girar la cabeza a izquierda y derecha. Los insatisfechos con el servicio, aprovechan para acordarse de las madres de unos cuantos. Un señor incontinente afronta la espera orinando en un árbol contiguo al poste de la parada del autobús. Una señora discute con su marido, y acaba por dejarlo plantado en la cola mientras ella coge un taxi. Dos chicas, con uniforme colegial, siguen incomunicadas con los auriculares del móvil. Un empleado de la empresa del autobús urbano sigue en su puesto, el primero de la fila. Me acerco a él y le pregunto por los horarios y  también le  pido explicaciones por la tardanza. El trata de convencerme de los beneficios del transporte público.

Cuatro incrédulos de que llegue otro autobús a tiempo, abandonan la cola. Vuelvo a avanzar puestos. Pasa el tiempo. Me duelen los pies. El autobús no llega. Quizá los autobuses son insuficientes para un día de lluvia como hoy.
Algunos se sienten incómodos. Otros incomprendidos e indefensos. Hay una pareja indecisa, pero siguen besándose. Un señor con traje parece indiferente, lee el periódico debajo de la marquesina de la parada. ¡Esto es incomprensible, intolerable!, grita uno, malhumorado.

Sigue sin pasar ningún autobús. El señor incontinente vuelve a orinar en el tronco del mismo árbol de antes. Dos señoras, con aspecto independiente, lo recriminan con la mirada y abandonan la cola. Avanzo otros dos puestos. No logro entender lo que me dice una señora cuando me quedo mirando a su perrito que hace cacas al lado de mis zapatos. Las dos chicas con uniforme colegial se marchan con unos amigos. El señor incontinente se sube la cremallera de la bragueta del pantalón. Ha dejado de llover y la pareja indecisa ha decidido seguir la fiesta en un banco de madera.

Llega una furgoneta blanca y aparca en la parada del autobús. Salen de ella dos obreros vestidos con un  mono de color  naranja. Sin saludar arrancan el poste de la parada del autobús y lo meten a la furgoneta. No hay explicaciones. Nadie las pide. Sólo un incontrolado escupe en la acera y da una patada a la furgoneta. Ahora soy el primero de la cola, y los demás comienzan a preguntarme y a pedirme explicaciones.


martes, 29 de mayo de 2018

DANZA DE LA LLUVIA



Hace ya casi cinco años que yo estaba muy preocupado por la sequía. Hace ya casi cinco años que dejé el Blog, paseando bajo la lluvia, con un paraguas. Hace ya casi cinco años que me introduje en el estudio y experimentación de las danzas de la lluvia, en todas sus versiones. Casi cinco años después, lo he conseguido. Llueve por todo el país. Quizá no he dominado la técnica perfectamente, seguro que no. Perdón por las inundaciones y los partidos de futbol suspendidos. La tierra en general, y en particular los humedales, los bosques, los campos de cultivo, las reservas de agua, están agradecidos. Pero claro, yo hubiera preferido ir cogido de tu mano.

viernes, 3 de enero de 2014